Desde que hay vida pensante y parlante, el hombre ha estado pegado a infinidad de aparatos, artilugios, chirimbolos y tarecos. El afán de inventiva, de mejorar su calidad de vida, o quizás de empeorarla, le ha permitido aferrarse a máquinas de todo tipo que, con el paso del tiempo y el desarrollo de la tecnología, resultan ya obsoletas y entran hoy día en la empobrecida definición de tarecos.
El primer tareco surgió en la Comunidad Primitiva. Al percatarse el homo sapiens de que no podía entrarle a la médula de los huesos con sus dientes, tuvo la idea de crear el hacha de piedra, y así apareció el primer tareco que le acompañó durante las largas jornadas de caza. Con el surgimiento de la edad de los metales, el hombre comprobó que el hierro le era más útil y comenzó a rodearse de nuevos tarecos: lanzas, cuchillos, vasijas, morteros… y de ahí hasta lo infinito.
Ya con la entonación de este comienzo podemos preguntarnos, ¿qué es un tareco?
Lo cierto es que la palabrita no aparece en mi tareco mataburros, pero puedo definirla como toda cuchufleta o cacharro que en su momento tuvo utilidad y por su uso excesivo dejó de cumplir su función para ser tirado en un rincón como cosa inservible.
Por supuesto, hay tarecos que aún cumplen la tarea para la cual fueron creados.
Tenemos el caso de una locomotora de vapor, que es un megatareco y funciona tirando caña para los centrales. El andamiaje que abre pozos en busca de agua es otro tareco; las guarandingas trepadoras de montañas cargadas de pasajeros es el tareco del transporte rural; el pilón que utiliza el guajiro para descascarar arroz es otro tareco que se hizo música bailable por Pacho Alonso; los bicitaxis llenos de gangarrias son tarecos citadinos; un calentador de agua es un tareco consumidor de corriente; el cubilote donde se vierte el hierro fundido es ejemplo de tareco en las industrias; las viejas victrolas de aquellos bares de donde salían desgañitadas melodías de rancheras y boleros eran tarecos codiciados por borrachitos con mal de amores; las añosas Underwood y Remington fueron también tarecos en su época, relevadas esta vez por la computadora, que es otro tareco. De tal magnitud es la tarequera existente, que todo listado le daría varias veces la vuelta al diámetro de la Tierra tapizándola de tarecos hasta la asfixia.
En cualquier lugar, donde menos nos imaginemos, podemos encontrarnos la palanca mecánica o motor de un tareco salido de la imaginación de un tarequero innovador.
Pero ahí no para la cosa de la tarequera. Hay aspectos interesantes de este asunto que debemos mencionar. Digamos que, a una persona de mala reputación en su comunidad, pueden decirle que es un tareco. Y si agregamos más caldo a este traqueteo tarequero, podemos inferir que el órgano sexual femenino o masculino, cuando está viejo es también un tareco.
Los tarecos cobran vida, se desarrollan y mueren. Es tan extensa su amplitud de formas, tamaños y funciones, que pueden acompañarnos hasta el ocaso de nuestros días.
Y así de sencillo es que, al llegar el instante de decirle adiós a un mundo lleno de tarecos, nos meten dentro de otro tareco de madera, y al pasar de los años nos convertimos en tarequitos fósiles quizás recordados por alguien que nos quiso.