En estos días no me he sentido bien. Cierta sensación de malestar anda por mi cuerpo, y no estoy en mi plena forma: alegre, dispuesto, activo.
Por eso me voy a criticar. Necesito hacerme una autocrítica, plantearme los señalamientos sin ningún tipo de contemplaciones, hacerme papilla, talco, fragmentarme por donde más lo necesite.
Y ahora estoy solo en mi habitación, alejado de familiares y compañeros. Lo mejor para hacerse una autocrítica es estar solo. No es necesario que los demás se enteren de que uno se hace una autocrítica. Por eso me encerré en mi cuarto y le pasé cerrojo a la puerta.
En el piso coloqué una manta, y encima de ella un banquito.
Me siento. Tomo el puñal que tengo a mi lado. Luego de quitarme la camisa, voy metiéndome el puñal poco a poco. Lo voy empujando más encima del ombligo, y lo llevo hasta el cabo con tal de sentirme mejor. Le doy otro empujoncito y casi tengo un pedazo de cabo dentro.
Ahora sí estoy en mi plena forma: alegre, dispuesto, activo.
Llego a la oficina de mi jefe y le digo que hoy me hice la autocrítica recomendada:
—¿Y cuántos señalamientos te hiciste? —preguntó él.
Le muestro la barriga satisfecho de mí mismo.
Se quedó asombrado, y señalándome parte del cabo fuera de la camisa, dijo no muy complaciente:
—¿Uno solo?